lunes, 28 de noviembre de 2005

Fueron tus ojos...

A José Manuel Aguilera
Apareciste ahí, frente a mí, entre la gente. Aparecieron ellas dentro de mí y se instalaron indefinidamente. Tiene tanto tiempo que eso sucedió, pero no fue la única vez, sucedía imprevisiblemente. Cada mirada tuya las multiplicaba, al igual que algunas palabras y caricias. Menos mal que eran pequeñas y que también dormían.

Nunca pensé que serían un problema. No pasaban de ser una invención popular, una forma poética de explicar lo inexplicable. En realidad me sentía feliz de que existieran, eran una clara muestra de lo que siento por ti. Además, cómo se puede pensar que las palabras con las que se designa un fenómeno puede llevarlo a materializarse. Las palabras, te das cuenta? Siempre las palabras. Sin embargo, aquella parte pseudo-analítica de mi mente nunca dudó que fueran más que una reacción anímica.

A veces, cuando las despertabas podía escucharlas, yo creo que hasta tú podías, cuando te quedabas dormido sobre mi pecho o cuando recargabas tu cabeza en mis piernas. Al principio era apenas un susurro, pero después se hicieron muchas y también su ruido aumentó. Llegó a ser tan fuerte que algunas veces volteabas a verme, yo estaba segura que lo habías escuchado, cómo no, si podías escuchar el celular cuando vibraba, era un ruido muy parecido, pero siempre lo negabas.

De ninguna manera esto es tu culpa, el simple hecho de que provocaras su existencia no te hace responsable. Yo tampoco podía controlarlas, tan solo sentirlas, escucharlas. Todavía creo que son inofensivas, pero ya no podían vivir ahí adentro, no había suficiente espacio, no les quedo más que buscar una forma de salir.

Empezaron a avanzar buscando una salida, sólo lo hacían por la noche, cuando yo lograba dormir. No era un proceso doloroso, simplemente a la mañana siguiente me sentía vacía, cada día más vacía. Eso no tiene nada que ver con lo que uno y otro siente, yo sigo sintiendo lo mismo que el primer día y sigo percibiendo de igual forma lo que tu sientes en cada detalle, en cada canción que escribes.

Para la psicóloga, el hecho de que yo pudiera realizar todas mis funciones fisiológicas normalmente era prueba suficiente de que estaba alucinando. Por supuesto ella no usaba esas palabras, es demasiado “polítik” para decir las cosas como son. Su frasecita boba de “Lo comprendes, todo está bien” despertaba mis instintos asesinos. Pero ellas no eran culpables de eso. Tampoco eran culpables de que la pobre tipa no pudiera explicarlas, embotada como estaba por el mundo lleno de p(utr)erfección que la rodeaba. A veces me daban ganas de invitarla a una de esas noches locas de viernesabadohastamorir, embriagarla hasta que me confesara que te había imaginado desnudo aquella tarde que pasaste por mí, cuando sus diminutos y perfectamente maquillados ojos se comieron el verde de los tuyos y se resbalaron por tu cabello suelto hasta llegar, por supuesto, a los 3 botones de la camisa que nunca te abrochas. Le diría lo buen amante que eres, y seguramente después la perdonaría por no entender nada de nada, y hasta podríamos ser amigas a pesar de todo. Estoy segura que un poco de alcohol y de poesía le permitirían ver claramente lo que me pasa.

Pero la psicóloga no es la única, también están las estúpidas enfermeras del hospital, que alegaban si yo era bulímica, alcohólica o si ingerí alguna sustancia corrosiva mientras estaba drogada. Pero qué quieres, sólo por traer puesto el overol roto y deslavado al estilo grunge de los noventa, y usar el pelo pintado de dos colores ya piensan que soy no sé que tanta cosa. Si hubiera traído puesto uno de esos lindos trajes que uso cuando vamos a visitar a tu abuela o cuando voy a hacer algún trámite al banco, te apuesto que pensarían que había contraído una extraña enfermedad mientras ayudaba a los niños huérfanos del Congo.

Pero no, no acababa de bajar de un avión proveniente del Congo, estaba terminando de estampar ese grabado del corazón que dibujé anoche, y tenía las manos llenas de pintura cuando el vacío alcanzo mis labios, estaba pensando en cuando te mostré el dibujo y volviste a hacerlo: alzaste la ceja derecha mientras me decías que se parecía al del santo que mi abuela tenía en la sala. Pero yo sabía perfectamente que te había gustado, era el gesto exacto que haces cuando algo te gusta o te sorprende, alzaste la ceja derecha como la primer vez que nos vimos frente a frente, como la vez en que te pedí que saliéramos juntos, como la primera vez que me viste desnuda... y todas esas sensaciones se agolparon en mi interior creando una oleada tremenda, una multiplicación masiva, y fue entonces que se dio el desborde incontenible que salía por mi boca: miles y miles de ellas salían de mi interior, mostrando por fin su belleza, dejando que las tocara la luz, invadiendo todo el estudio con sus colores, con su aleteo incesante, me envolvieron, me cegaron y no supe más de mí.

No fue doloroso, sin embargo algunas de ellas con sus alas de bordes microscópicos me hicieron leves heridas en la garganta, en la lengua y en los labios... brotó algo de sangre, nada considerable... no me ha dolido nada al besar tus labios mientras duermes.
Pero he tenido que ir al estudio, tengo que encontrar alguna pista, algo que me ayude a demostrar que no fue una alucinación, la gran mayoría debió escapar por la ventana abierta, alguien debió haberlas visto, cómo no, si salieron como una nube de colores a las diez de la mañana, pero no, ni en el piso o en el marco de la ventana hay nada, un ala rota, un poco de polvo luminiscente, nada.... sólo las heridas microscópicas en mi boca... no hay más.
Apago la luz y antes de salir echo un último vistazo... y entonces sobre la mesa, en el papel estampado con el corazón un leve resplandor apenas se distingue, me acerco y con la luz de la luna que entra por la ventana, la distingo: pequeña, inmaculada, profundamente roja, pobrecilla, se ha quedado pegada en la pintura roja como toda ella; suavemente la despego y sorpresivamente mueve sus alitas, emitiendo el sonido ya conocido, casi inaudible, solo una vibración. Le pregunto a donde se fueron sus hermanas, mis hijas todas, y como única respuesta la veo elevarse de mi mano y perderse en la oscuridad de la ventana.

Entonces, es entonces cuando me siento verdaderamente vacía, no sólo se comieron todo lo que había en mi interior, ahora también se han ido. El único consuelo que me queda, es haber comprobado que todo fue cierto, que no estoy loca, ni estaba soñando, y que las metáforas sí se comen por dentro a la gente.