LA CAMA ANGOSTA
Es todo lo que sé (Que es casi nada.)
Ella tenía una estrella entre los senos.
O así lo veía él, porque la amaba.
No se exigieron boletos de entrada
Pues cada uno andaba en su terreno.
Es todo lo que sé (Que es casi nada.)
En una cama angosta ambos quemaban
Su historia y el temor; o cuando menos
Ella pidió esto de él, porque lo amaba.
Los dos sabían muy bien la pendejada
Que es insistir en un amor del bueno;
Es todo lo que sé (Que es casi nada.)
Marzo moría otra vez; y ya se daban
Café con leche y sorbos de veneno.
O así lo sentía él, porque la amaba.
Supongamos que un día ella se enfada
Y se borra la estrella de los senos.
¿Qué más saben los dos? ¿Es casi nada?
Supieron, a saber, lo que se amaban.
Luis Miguel Aguilar
Se presenta mañana 19 de marzo en la Casa de las Humanidades 18 h, en los viernes de lectura, con su libro El minuto difícil, poemario de 1979 a 2007.
Luis Miguel Aguilar nació en Chetumal, Quintana Roo, el 23 de septiembre de 1956. Ha hecho crónica y comentario cultural; en diarios de México ha publicado las columnas “Luna de Enfrente”, “El Egoísta” y “El Camaleón Peripatético”. Editor, dirigió la revista Nexos entre 1995 y 2003. Entre sus libros podemos destacar: La democracia de los muertos. Ensayo sobre poesía mexicana, 1800-1921 (1988), el libro de relato Suerte con las mujeres (1992), la antología Poesía popular mexicana (1999) y Fábulas de Ovidio (2000). El minuto difícil abarca poemas que van desde sus libros Medio de construcción (1979) a Pláticas de familia (2007).
HERIDA
Si duele, déjala doler.
La piel es delicada,
la luz hiere, el aire la estropea.
La piel es lo más frágil:
se encuentra al descubierto,
perdió en el tiempo sus corazas y vellos animales.
Déjala, que duela, que reduela,
toda herida así es superficial,
no llega al hueso,
no carcome la entraña.
Cuando sea muy profunda,
una cortada grande,
una quemada de obrero de altos hornos,
un tajo industrialmente sanguinolento,
déjala doler, que sangre,
que descargue su llanto colorado,
que abrume con su rojo,
que ahogue en sangre el grito de su sangre.
Que duela a gusto.
Las más grandes heridas corporales
son, a la larga, inofensivas.
No hay heridas de muerte
y si una flecha, de lado a lado,
y por la izquierda rompe el pecho,
no hace herida profunda.
Sólo una vez el cuerpo, aquel,
el tuyo, el mío,
serán heridos, como dicen, de muerte.
Una única vez,
en una ocasión sólo,
serán heridos todos esos cuerpos.
y el arma que los hiera
los destrozará gritando
con su acero o con su fuego;
la daga, el marro, el proyectil se dolerán,
ellos, no aquéllos, cuando hagan
esa única herida
en tales cuerpos.
Pero la herida, la no recuperable,
la verdadera herida,
la que no admite costuras,
no alcanzará a doler.
EDUARDO LIZALDE